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lunes, 29 de septiembre de 2008

FRANZ KAFKA Y EL TRABAJO


Al inigualable escritor argentino Jorge Luis Borges* pertenece el juicio más preciso que se haya formulado sobre la obra de Kafka: “Dos ideas –mejor dicho, dos obsesiones- rigen la obra de Franz Kafka. La subordinación es la primera de las dos; y el infinito, es la segunda.”[1] En lo personal pienso que entre las múltiples subordinaciones que lo agobiaron, las más importantes, también, fueron dos. La subordinación a su padre, la primera y la subordinación al trabajo, la segunda.

De la primera subordinación, se ocupó de manera explicita y magistral el propio Kafka, cuando escribió Carta a mi padre, texto cuyo tenor, sentimiento y psicología, sirven para designar un síndrome psicológico que describe un tipo de relaciones disfuncionales entre padre e hijo, que se ha dado a llamar precisamente el síndrome kafkiano. De la segunda subordinación, también se ha ocupado el escritor checoslovaco, aunque de manera menos explicita, encubriéndose en los diversos personajes que creó en sus obras, pero sobre todo, encubriéndose en Gregorio Samsa el inmortal protagonista de La metamorfosis. Esta nota se centra precisamente en las concepciones que sobre el trabajo posee Gregorio Samsa, es decir Franz Kafka.

Debo decir que entre todas las opiniones ilustradas que conozco sobre el trabajo, las de Kafka** me parecen las más desgarradoras: bien por el contexto en que las vierte (en medio del drama kafkiano de Gregorio Samsa) o bien por su exquisita sensibilidad reconocida por todos. En sus ideas se conjugan el genio del observador agudo, con el sentimiento indignado del más desvalido de los seres; de ahí que posean la fuerza y la originalidad que con certeza no se encuentra en otros autores.

Cuando Gregorio Samsa (ya consciente de su monstruosa transformación) comienza a pensar, lo primero que viene a su mente es la obligación del trabajo y su probable error al haber elegido la profesión que tenía (la de vendedor viajero). Al reflexionar sobre esto, Kafka realiza una de las más brillantes descripciones del clima organizacional en el que se mueven los viajantes (otro cuadro similar, sin llegar al registro kafkiano, pero igualmente brillante lo conseguirá Arthur Miller con Willy Loman en La muerte de un viajante) Kafka escribe lo siguiente:

“¡Dios mío! –pensó-. ¡Que profesión tan dura escogí! Día tras día de viaje. Las tensiones por los negocios son mucho mayores que en el almacén, y además este tormento de los viajes, la preocupación por las conexiones de los trenes, la comida mala, a deshoras, y unas relaciones humanas que cambian, que nunca duran, que nunca llegan a ser cordiales. ¡Al diablo con todo!”[2]

Como se observa, a juzgar por el texto de Kafka, lo primero que preocupa y perturba (aún más) el intranquilo despertar de Gregorio Samsa, es el trabajo, la obligación que conlleva, pero sobre todo lo deshumanizada y atareada que es su labor, en la que todo es provisional, donde nada es realmente auténtico y cordial y en la que el corazón no puede tomar parte, en el sentir de Borges. Más adelante, pensando en remediar su tardanza repara que su esfuerzo sería en vano ya que el incondicional del amo (de esos que hay en toda empresa y de quienes gustan rodearse los dueños de los negocios) de seguro ya lo había puesto en evidencia. “(…) Incluso aunque lograra alcanzar el tren, no podría evitar la perorata del patrón, pues el auxiliar del almacén, que lo estaría esperando en el tren de las cinco, ya debía haber informado su falta. Era el auxiliar un pelele del patrón, sin carácter ni discernimiento. (…)”[3]

Pero las reflexiones de Kafka van aún más lejos, demostrándonos su genialidad. Cuando Gregorio Samsa logra salir de su habitación y se encuentra cara a cara con el principal (en la traducción de Borges) o el gerente (en la traducción de Cristina Fronnden), es cuando Kafka nos va a desvelar su cosmovisión sobre el trabajo, cosmovisión en la que claramente se transmite la conciencia de que el administrador es un mediador entre el capital y el trabajo y que como tal debe tomar parte por los empleados antes que por los empresarios:

“Bueno –dijo Gregorio, bien consciente de que era el único que había conservado la calma-, en seguida me visto, recojo el muestrario y salgo de viaje. ¿Si me van a dejar salir? Ya ve, señor gerente, que no soy testarudo y que me gusta trabajar. Los viajes son pesados, pero no podría vivir sin ellos. ¿A dónde va, señor gerente? ¿Al almacén? ¿Si? ¿Va a informar todo con veracidad? (…) Como usted bien lo sabe, le estoy muy obligado al señor patrón. Por otro lado, tengo que velar por mis padres y mi hermana. Estoy en un aprieto, es cierto, pero ya sabré salir de él. No me lo haga más difícil de lo que ya es. ¡Póngase de mi parte en el almacén! Yo sé que no quieren a los vendedores viajeros. Creen que se ganan un dineral y que se dan la gran vida. Después de todo no tienen ningún motivo especial para reflexionar acerca de este prejuicio. Sin embargo, usted, señor gerente, tiene una visión más amplia de las condiciones del trabajo que el resto del personal; incluso, dicho sea en confianza, una mejor visión que la del mismo patrón, el cual, en su calidad de empresario, se deja engañar fácilmente en perjuicio de un empleado. (…)”[4]

Como se aprecia en el texto, para Kafka queda claro que el trabajo es una actividad asumida por las obligaciones económicas que se poseen, antes que por vocación; pero, además, subraya la diferencia entre la administración y el capital, importante en este tiempo en el que muchas empresas hacen pensar a sus administradores que son propietarios del negocio, o por lo menos propietarios de parte de él. Falacia que utilizan con el fin de incrementar la productividad del negocio. Pero lo más importante, es el rol que Kafka le asigna a la administración, cuando prácticamente le exige al gerente que tome parte por él y no por el patrón, apelando a la visión más amplia de las condiciones de trabajo que él posee en su calidad de administrador.

Pese a la claridad que ofrecen los textos de la más importante obra de Kafka, pudieran surgir los cuestionamientos a esta interpretación, señalando que Kafka no es Gregorio Samsa y que las preocupaciones del hombre convertido en coleóptero, no tienen por que ser necesariamente las del autor checoslovaco. Por ello para escribir esta entrada me propuse revisar dos biografías de Franz Kafka: la de Max Brod[5], su albacea literario, y la de Klaus Wagenbach.[6]

Ambas biografías le dedican un capítulo al trabajo y la profesión de Kafka: “Luchas por el empleo y la carrera.” (Capítulo 3 del libro de Brod) y “Compañía de seguros de accidentes de trabajo. Amistades. Planes. Viajes.” (Capitulo 5 del libro de Wagenbach***). En este último trabajo, el autor, transcribe fragmentos de la correspondencia de Kafka que despejan toda duda a este respecto:

“Ahora llevo una vida totalmente desordenada. Tengo, sin embargo, un empleo de ochenta mezquinas coronas y de ocho a nueve horas infinitas de trabajo, pero las horas fuera de la oficina las devoro como una fiera. Como hasta ahora no estaba acostumbrado a limitar mi jornada de vida a seis horas y además estoy aprendiendo italiano y me gusta pasar la caída de la tarde al aire libre, el ajetreo de mis horas de libertad no me descansa mucho.

“(…) Del trabajo no me quejo tanto como de la podredumbre del tiempo cenagoso. Y es que las horas de la oficina no se dejan desarticular; todavía durante la última media hora se siente el peso de las ocho horas lo mismo que durante la primera. Muchas veces es como un viaje en tren a través de la noche y el día, como si uno, al fin, todo amedrentado, ya no pensase ni en el trabajo de la locomotora del maquinista, ni en el campo llano u ondulado, sino en que todo depende solamente del reloj que uno tiene en la palma de la mano sin quitarle los ojos de encima… Todos lo que tienen una profesión semejante son así. El trampolín de su buen humor es el último minuto de trabajo.”[7]

En el primer párrafo de la cita, queda evidenciada las coincidencias que poseen Kafka y Goethe (véase en este blog “J. W. Goethe y el trabajo”) Kafka, al igual que el autor de Fausto, considera al trabajo una suerte de esclavitud y a sus horas de duración, le suma las horas de sueño, que igual no cuenta como parte de su vida. Por ello afirma que no estaba acostumbrado a limitar su jornada de vida a seis horas. Luego enfatiza en que no es el trabajo en si, es más bien el empobrecimiento y la transformación del tiempo cuando se trabaja lo que le molesta, así como la imposibilidad de desarticular las horas que se pasan en la oficina.

¿Por qué tiene que ser tan enrarecido el clima organizacional en los centros de trabajo? ¿Por qué pese a todos los programas de capacitación, de otorgamiento de poder y de fidelización de los empleados, vemos a los integrantes de la nómina, tal cual lo describe Kafka, viendo el reloj como si de él dependiera sus vidas? No será tiempo de modificar las relaciones sociales entre el capital y el trabajo, para beneficio de la organización y de todos los que participan en la cadena de valor.


* La fotografía de Jorge Luis Borges ha sido bajada del buscador de imágenes de Google y aparece originalmente en www.biografiasyvidas.com/biografia/b/borges.htm
**La fotografía de Franz Kafka ha sido bajada del buscador de imágenes de Google y aparece originalmente en http://www.philosophyblog.com.au/the-problem-of-our-laws-by-franz-kafka/
*** La fotografía de Klaus Wagenbach ha sido bajada del buscador de imágenes de Google y aparece originalmente en www.tuebinger-buecherfest.de/programm.html
[1] Aunque esta cita es tomada de un libro de la serie Cara y Cruz de Editorial Norma: A propósito de Franz Kafka y su obra, recuerdo haberla leído por primera vez en el Prólogo que Jorge Luis Borges hizo a La metamorfosis publicada por Editorial Losada hace ya muchos años, un volumen de tapa naranja con azul, que algunos seguro recordarán y que no puedo referir con precisión por formar parte de aquella larga lista de libros que los lectores solemos perder, literalmente, en el camino. El subrayado de la palabra subordinación e infinito es mío.
[2] KAFKA, Franz: La metamorfosis. Editorial Norma. Segunda edición: Colombia, 2002. Traducido del alemán por Cristina Frondden
[3] Ibidem.
[4] Ibidem.
[5] BROD, Max: Kafka. Alianza editorial y Emecé editores. Buenos Aires: 1951. Madrid: 1974, 1982.
[6] WAGENBACH, Klaus: Kafka. Alianza editorial. Madrid: 1970, 1981
[7] WAGENBACH, Klaus: Kafka. Alianza editorial. Madrid: 1970, 1981. pp. 73-74.

martes, 9 de septiembre de 2008

Adam Smith y el trabajo

En un mundo en el que la velocidad ha terminado por conducir a la gran mayoría de personas a la búsqueda de soluciones instantáneas para sus carencias de información y en el que las empresas de multimedia e Internet han creado soluciones también instantáneas para este problema, no hay duda alguna que ya es muy poco lo que se puede saber acerca del verdadero mensaje de aquellos autores que consideramos clásicos y que en su condición de tales son referidos una y otra vez por muchos sin que necesariamente hayan sido leídos.

Un video documental que nos dé una idea de tal o cual personaje, la entrada de alguna enciclopedia no siempre bien informada, la página Web de algún inquieto redactor que tampoco va a las fuentes cuando hace sus referencias o la posibilidad de conocer lo que dice un libro leyendo un sumario para el que debe invertir tan solo 40 minutos mensuales, además de las desubicadas referencias de algunos políticos y empresarios de todas partes del mundo, son algunas de las fuentes instantáneas del saber en el mundo moderno; que por cierto en lugar de formar, deforman causando mayores problemas que la desinformación misma.

Así ya no es extraño leer frases que los clásicos nunca escribieron y la forma como se les manipula con el exclusivo afán de vender utilizando su imagen, se ha vuelto práctica común. Práctica que por cierto, en ocasiones, ha llegado a extremos tan risibles como inconcebibles. Tal es el caso de un libro de negocios que se ha planteado la hipótesis, negada e improbable por cierto, de lo que haría Aristóteles* si presidiera una corporación, como si una mente de la brillantez y los niveles de reflexión de la mente aristotélica, si quiera se le podría pasar por la cabeza trabajar para una corporación moderna.

Prueba de esta desinformación son las ideas que realmente tenía Adam Smith** sobre el trabajo, expuestas obviamente, en su obra cumbre: La riqueza de las naciones (recordemos que sólo escribió dos libros: Teoría de los sentimientos morales e Investigación de la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, conocido como La riqueza de las naciones)

Si revisamos La riqueza de las naciones en el Libro primero, capítulo siete: “De los salarios del trabajo” podemos encontrar opiniones que harán que muchos pongan en tela de juicio su filiación con el padre del liberalismo. Por lo cual pasaré a citar textualmente “Los salarios del trabajo, en todas las naciones, se acomodan al convenio que por común se hace entre estas dos partes, cuyos intereses de ningún modo pueden considerarse los mismos. El operario desea sacar lo más y el empresarios dar lo menos que puede. Los primeros están siempre dispuestos a concertar medios de levantar, y los segundos de bajar, los salarios del trabajo”[1]

Es decir: el padre del liberalismo, nunca dijo que los intereses del capital y el trabajo fueran similares, ni que los empresarios representan el sacrosanto interés de la nación, o que éstos obren en bien de los trabajadores, como hoy nos quieren hacer pensar. Es más en el siguiente párrafo dirá lo siguiente: “(…) Los empresarios o dueños, como menos en número, pueden con más facilidad concertarse, además de que las leyes, por lo regular, autorizan en éstos las combinaciones y las prohíben en los otros, pues por lo común, se ve que hay estatutos que prohíben levantar el precio de las cosas, pero no bajarlo: esto es ventajoso, y aquello perjudicial. En semejantes contiendas no pueden dejar de llevar siempre la ventaja los dueños (…)”

Queda claro aquí, como en muchos textos del libro, que Adam Smith antes que economista era un filósofo moral, que incluso se ocupó de la cátedra de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow. Es su condición de filósofo la que lo sensibiliza y lo lleva a adoptar un punto de vista crítico respecto de los hechos económicos que estudia en su obra y que entiende más como el resultado del concierto entre los agentes y no como el producto de leyes inmodificables que hoy se le atribuyen al mercado.

Cuando se ocupa de las desigualdades que produce la política en Europa (parte II del capítulo 10) será aun más radical al afirmar lo siguiente “La propiedad que tiene el hombre en su propio trabajo es la base fundamental de todas las demás propiedades, y por lo tanto debe ser el derecho más sagrado e inviolable en la sociedad. Todo el patrimonio del pobre consiste en la fuerza y destreza de sus manos, y estorbarle que emplee sus destrezas y sus fuerzas del modo que le parezca más a propósito, sin injuria del prójimo, es una violación manifiesta de un derecho incontestable (…)”[2]

A partir de estas referencias surgen sin duda algunas preguntas: cuántos de los mentores del liberalismo y del neoliberalismo esgrimen estos argumentos de Smith en la formulación de sus propuestas. Cuántas corporaciones defienden el derecho inviolable al trabajo y lo anteponen a sus pingües ganancias en momentos en los cuales su nivel de operaciones decrece. Cuántos administradores, más allá de la retórica, defienden el trabajo antes que el capital. Como todas las respuestas a estas preguntas son negativas, surge otra pregunta que si considero fundamental dejar planteada: no habrá llegado el momento de volver a las fuentes para retomar el recto y moral camino que nos propone Adam Smith.

[1] SMITH, Adam: La riqueza de las naciones. Ediciones Orbis, S.A. Barcelona, 1983. Pág. 114
[2] Ibidem, pp. 177-178
*La imagen de Aristóteles ha sido bajada del buscador de imágenes de Google y originalmente aparece en: http://www.nodulo.org/ec/2008/n072p07.htm
**La imagen de Adam Smith ha sido bajada del buscador de imágenes de Google y originalmente aparece en: www.cooperativeindividualism.org/land-question_r-s.html

domingo, 3 de agosto de 2008

DOMENICO MODUGNO Y EL TRABAJO


Las visiones inteligentes y acuciosas sobre el rol del trabajo en la vida de las personas, no son patrimonio exclusivo de los intelectuales y escritores. Existen cientos de canciones que dan cuenta acerca de la forma como muchos compositores y cantautores entienden que el trabajo es una limitante para el desarrollo del hombre de una manera integral; por lo menos ese trabajo reiterativo, monótono y maquinal al que quedan sometidos los trabajadores de la gran mayoría de empresas que piensan que las personas sólo pueden ejecutar las tareas que otros pocos formulan. Paradigma por cierto Tayloriano que aún hoy nos cuesta a abandonar pese haberse formulado hace ya más de 100 años.

Una muestra de este tipo de visión es la que tuvo el cantante italiano Domenico Modugno* en su canción "Un puntapié a la ciudad". En sus versos cuenta la historia de una persona que trabaja en una escribanía y que un día se percata que siempre está atado a su trabajo y decide no ir a laborar pese a no ser día festivo. Con su decisión toma consciencia que la ciudad lo agobia, que el campo está lejos y que para disfrutarlo hay que dejar al jefe trabajando sólo y dar un puntapié a la ciudad.

" Qué han hecho de mi, que me tienen siempre aquí, sólo soy como un robot que hace años dice sí...esta mañana mis pulmones ya no quieren aire de calefacciones" dice en una de sus estrofas y en la parte final de la canción que es recitada continúa diciendo " Qué hacemos a donde vamos todos en columnas dentro nuestros malditos cochecitos, hoy luce le Sol, no marques la ficha, no firmes la entrada, cuanto hace que no trepáis árbol arriba, todos al campo a arrancar las margaritas... !LIBRES, LIBRES LIBRES!" Entendiendo como Goethe que el trabajo es una forma moderna de esclavitud, que nos somete a jornadas maquinales y rutinarias que coactan nuestra libertad y desfiguran nuestra identidad.

Pese a que esta canción se compuso en 1972, año en que Domenico Modugno la presenta en el festival de San Remo, la situación en los centros laborales no ha cambiado de manera significativa; es más dentro del marco de esa cultura del éxito, de emprendimiento y proactividad dentro de la empresa, no sólo tenemos esclavos modernos, si no además adictos a la esclavitud, es decir trabajólicos que no conciben su vida al margen del trabajo, llegando a pensar que son el rol que realizan dentro de la empresa y no la identidad con sentido que realmente son.



Para documentar esta reflexión invito a los lectores a visitar You Tube y buscar la canción de Domenico Modugno bien en versión castellana "Un puntapié a la ciudad" o en versión italiana "Un calcio alla cittá".

* La fotografía de Domenico Modugno fue bajada del buscador de imágenes de Google y aparece originalmente en http://www.videocomunicazioni.com/



domingo, 20 de julio de 2008

J. W. GOETHE Y EL TRABAJO




El escritor alemán J. W. Goethe* en su libro Las tribulaciones del joven Wether, afirma a través de las reflexiones del joven enamorado que la gente de cualquier país, es como la de todas partes "La raza humana es harta uniforme. La inmensa mayoría emplea todo su tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda, les asusta tanto, que hacen cuanto pueden por perderla. !Oh destino del hombre!"

Si nos detenemos y reparamos en lo que Goethe nos dice, seguramente tendríamos que sobrecogernos, ya que como muchos grandes intelectuales y artistas, él es uno de los millones de convencidos que pensamos que el trabajo, más allá de sus peculiaridades y de las tareas que comprenda, es siempre una forma de esclavitud, que en principio enajena al hombre, luego lo desnaturaliza y que termina por destruir su individualidad, al punto que llegan a experimentar ese miedo a la libertad que algunos siglos después de manera magistral y brillante analizara el escritor y psicoanalista Erich Fromm.

Sin embargo, nuestras reflexiones van mas lejos, por qué si la productividad se ha multiplicado por un factor N en las últimas cinco décadas, nuestras jornadas de trabajo no se han visto reducida de modo equivalente. Por el contrario, en muchos casos, las horas de trabajo han crecido de manera dramática. Qué estamos haciendo tan mal, al punto de que toda nuestra vida la ordenamos alrededor del capital sin que nos importen las personas.

Qué están haciendo las corporaciones modernas, por cambiar el perfil y el rostro del trabajo. Cuánto hemos acercado el trabajo al individuo y a su naturaleza o, para decirlo en el lenguaje de los comunicadores, cuánto ha hecho la empresa moderna por acoplar las normas personales de conducta con los roles que se asignan a los trabajadores. Estas son sin duda algunas de las preguntas más apremiantes que debiéramos responder si realmente quisieramos replantear el trabajo en la sociedad del tercer milenio.

* La imagen de Goethe fue tomada del buscador de imágenes de Google y aparece originalmente en http://lapoesiaelospirito.files.wordpress.com/